TESTIMONIO


"Pensé que no había salida. Cristo me demostró que siempre hay una puerta abierta para quien quiere cambiar."

DE LAS PANDILLAS Y LA ADICCIÓN A UNA NUEVA VIDA EN CRISTO


Moses quesada


Durante 23 años viví en una adicción activa. También fui miembro de una pandilla dentro del sistema carcelario. Desde muy temprana edad estuve expuesto a un ambiente de fiestas, drogas y violencia.


Vengo de una familia numerosa. Cuando era niño veía cómo dos de mis tíos entraban y salían de la cárcel. En aquel tiempo, por mi falta de madurez, llegué a pensar que ese estilo de vida era algo admirable. Los veía como un ejemplo y quería crecer para ser como ellos.


La violencia estuvo presente desde mis primeros años. Mi madre también luchaba con la adicción a las drogas. Recuerdo que cuando la escuchaba discutir con alguien, yo corría a esconderme. Muchas veces quería llorar, pero tenía tanto miedo que aprendí a guardar el dolor dentro de mí.


Crecí con mucho temor e inseguridad. Nunca tuve a mi padre presente ni una figura paterna a quien admirar. Mi madre hizo lo que pudo para ser madre y padre para mí, pero yo crecí rebelde, haciendo lo que quería y buscando aceptación en los lugares equivocados.


A los 12 años comencé a involucrarme con las pandillas. Gran parte de mi familia estaba relacionada con ese ambiente y, en vez de desanimarme, algunos me impulsaron a seguir ese camino.


Fue también durante esa etapa cuando conocí la metanfetamina. Primero comencé inhalándola y después fumándola. Mientras otros adolescentes de mi edad estaban en la escuela, practicando deportes o disfrutando de una juventud normal, mis años de adolescencia estuvieron marcados por las drogas, la violencia de pandillas y relaciones destructivas.


Tuve hijos siendo muy joven, pero mis relaciones estaban profundamente afectadas por las drogas y por el estilo de vida que llevaba. Llegué a enfrentar un caso de violencia doméstica contra la madre de mis hijos y terminé en prisión.


Después de un tiempo fui puesto en libertad, pero al salir me encontré deprimido y solo. Extrañaba a mi familia y trataba de llenar ese vacío refugiándome nuevamente en las drogas y en las calles.


Volví a la cárcel por violar mi libertad condicional. Durante aproximadamente un año y medio entré y salí repetidamente de prisión.


Mi vida se estaba destruyendo

.

Cuando consumía drogas podía pasar varios días sin dormir. Llegué al punto en que fumar metanfetamina ya no era suficiente para mí y comencé a inyectármela directamente en las venas.


Hoy puedo mirar hacia atrás y reconocer que Dios estuvo conmigo aun en los momentos más oscuros de mi vida. Pude haber muerto fácilmente por una sobredosis o haber sido asesinado en las calles debido a mi participación en pandillas.


Dentro de ese ambiente muchas veces escuchábamos que el final de un pandillero era morir en las calles o pasar el resto de su vida en prisión. Yo conocía esas consecuencias, pero había llegado a un punto en el que ya no me importaba lo que pudiera sucederme

.

Después de salir de prisión pensaba:


"No voy a dormir. Dormiré cuando regrese a la cárcel."


Entraba y salía de diferentes programas de rehabilitación. En el fondo tenía el deseo de cambiar mi vida, pero durante mucho tiempo ese deseo solamente fue un pensamiento. Nunca lo convertía en una verdadera decisión.


Hasta que algo comenzó a cambiar.


La última vez que estuve en la cárcel sentí que Dios estaba tratando con mi corazón. Comencé a reflexionar sobre mi vida y comprendí que estaba jugando a la ruleta rusa con mi futuro.


Sabía que si continuaba por ese camino, mi final estaba cada vez más cerca.


En aquel momento no conocía mucho de la Palabra de Dios, pero entendía que necesitaba un cambio verdadero.


Finalmente llegué a una casa de rehabilitación en Winton, California, y allí comenzó una nueva etapa de mi vida.


Llegué buscando ayuda, pero encontré mucho más.


Encontré a Jesucristo.


Anteriormente nunca podía permanecer mucho tiempo en un solo lugar, pero había algo diferente en aquella iglesia. Podía sentir la presencia de Dios. Encontré compañerismo y personas que me mostraron un amor que yo no estaba acostumbrado a recibir.


Los hermanos y hermanas me recibieron con los brazos abiertos.


Durante gran parte de mi vida había creído que si alguien me daba un abrazo o hacía algo bueno por mí era porque esperaba recibir algo a cambio. Siempre desconfiaba de las intenciones de las personas.


Pero Dios comenzó a cambiar mi manera de pensar.


Con el tiempo pude comprender algo mucho más grande:


Dios me estaba devolviendo mi vida.


Y no solamente la vida que había perdido, sino una vida nueva y verdadera.


Hoy ya no necesito drogas ni alcohol para sentirme bien. Mis hijos están nuevamente en mi vida y puedo ver cómo Dios está restaurando áreas que durante años parecían completamente destruidas.



Muchas de las cosas buenas que hoy están sucediendo no son producto únicamente de mis fuerzas. Sé que Dios está moviendo las piezas y dirigiendo mi camino.


Ahora quiero que Dios sea quien marque la dirección de mi vida.


Cada día trato de buscarlo y acercarme más a Él.


Si alguien que está leyendo mi historia se encuentra atrapado en las drogas, el alcohol, las pandillas, el miedo, el dolor o la desesperación, quiero decirle algo:


No importa qué tan lejos hayas llegado, todavía hay esperanza.


Haz todo lo que esté en tus manos para acercarte a Dios. Busca ayuda. Permite que otras personas te extiendan la mano y toma la decisión de cambiar.


Yo viví durante años pensando que no había salida, pero Jesucristo me mostró que sí la había.


El enemigo vino para robar, matar y destruir, pero Jesucristo vino para darnos vida, y vida en abundancia.


Hoy puedo mirar mi pasado y reconocer de dónde Dios me sacó.


Antes estaba perdido entre las drogas, la violencia, las pandillas y las cárceles. Hoy soy testimonio de que Dios todavía restaura vidas.


El ladron no viene sino para hurtar matar y destruir;
yo he venido para que tengan vida, 
y para que la tengan en abundancia.

juan 10;10


Moses Quesada


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